Una encuesta de la BBC reveló hace dos meses que de los siete pecados capitales, sólo la codicia sobrevivía como "pecado moderno" para los ingleses. En lugar de los otros seis, aparecieron la crueldad, el fanatismo, el adulterio, la hipocresía, el egoísmo y la deshonestidad. Revista Mujer les preguntó a los entendidos en ciencias humanas el porqué de esta redefinición.
Para los griegos, ni los dioses ni las diosas eran perfectos. Tenían poderes, estaban por sobre sus cabezas, pero no eran santos. Los dioses mentían, robaban, eran injustos y adúlteros. Atenea, por ejemplo, era capaz de desplegar la más brillante de las estrategias para lograr la paz, pero al hacerlo, actuaba con monstruosa frialdad, sin corazón. En el Olimpo sabían de impulsos; perdonaban la ira, la gula, los celos y obsesiones varias, pero nunca la soberbia. Claro, no cualquiera podía pretender ser dios.
Los planteamientos racionalistas del siglo XVIII dictaminaron que el hombre debía hacerse cargo de sus actos, que debía vivir libremente, decidiendo qué era bueno y qué era malo. Algo que la Iglesia Católica consideró como unos de los actos más soberbios de la historia humana, pues según explica el teólogo moral de la U. Católica, Waldo Romo, la solidaridad se veía gravemente amenazada.
Al margen de las corrientes de pensamiento nacidas desde la antigüedad clásica hasta hoy, la humanidad ha venido siguiendo patrones conductuales dictados por semidioses, fuerzas naturales, tablas pétreas, tomos de un libro (Biblia) y/o por organizaciones mundiales (las Naciones Unidas y su Declaración Universal de los Derechos Humanos). Y en este contexto, los siete pecados capitales anotados por Santo Tomás de Aquino en la Edad Media quedaron anquilosados en la memoria colectiva. A tal punto, que aún inspiran películas, series de televisión y libros, como el que publicó el filósofo vasco, Fernando Savater, a fines de 2005.
Durante todo un año, la emisora de la British Broadcasting Corporation (BBC) de Inglaterra, estuvo preguntándoles a sus auditores (católicos) su opinión acerca de la vigencia de tales pecados. Primero sondeó qué vicio agregarían a la clásica lista de siete y, después, por cuáles "nuevos" reemplazarían a los "viejos". El resultado salió en febrero de 2006 y reveló que ni la gula, la pereza, la ira, la envidia, la soberbia ni la lujuria estaban vigentes. Sólo quedó en pie la avaricia.
En lugar de los vicios originales, el público eligió seis nuevos: la crueldad (39%), el adulterio (11%), el fanatismo (8%), la deshonestidad (7%), la hipocresía (6%), la codicia (6%) y el egoísmo (5%). ¿Se trata esto sólo de una redefinición semántica, de una capa de pintura que se les puso a los pecados originales? ¿O es producto de una evolución en las creencias católicas respecto al concepto de pecado?
El director del programa de la BBC que impulsó la encuesta, Ross Kelly, se inclina por lo segundo. Sin embargo, una antropóloga, un sicólogo, un filósofo, un sociólogo y un teólogo chilenos afirman que las pautas morales y éticas, escritas en negativo o en positivo, impresas bajo un formato u otro, autoimpuestas o asignadas desde fuera, subrayan un solo aspecto: que las faltas, cualquiera sea su nombre, traen consecuencias que pueden destruir a las personas y a quienes les rodean.
Mientras que el profesor de teología moral Waldo Romo señala que, según la convención más teológica, el pecado es desviarse de la orientación que señala Dios al ser humano, el filósofo y director del Instituto de Humanidades de la U. Diego Portales, Eduardo Sabrovsky, afirma que el "pecador" es aquel que no se comporta como un "sujeto responsable". "Tú eres responsable o culpable o pecador -como quieras llamarle- por todas aquellas cosas que ocurrieron de una manera impensada. Si yo digo que voy a estar a las 10 de la mañana en una reunión y llego tarde, soy un sujeto 'responsable' de todas las cosas que ocurrieron fortuitamente antes de mi cita: que el despertador no sonara, que me sintiera mal, que hubiera taco en la calle, etc.". Para Sabrovsky, la noción de pecado es muy fuerte y está cargada de culpabilidad -algo de lo que el hombre contemporáneo quiere librarse- y por eso prefiere hablar de una noción de "responsabilidad".
Los pecados capitales, para el sicólogo transpersonal Gonzalo Pérez, tienen que ver con impulsos instintivos o biológicos del ser humano. Cuando éstos pierden el equilibrio y proporción, se convierten en daños para el cuerpo y mente. "Son tumores síquicos que van creciendo en el interior y llevan a las personas a violentar la ética esencial que es no dañar ni dañarse.
Si alguien se convierte en un adicto (a las drogas), no sólo se castiga él mismo, sino que a todos los demás miembros de la familia. Incluso, se resiente el Estado, que tiene que pagar por tu recuperación", advierte Pérez.
Respecto a la redefinición de los nuevos pecados del siglo XXI reveladas por la BBC, la antropóloga Patricia May sostiene que el hombre está permanentemente abriéndose a nuevos estados de conciencia y los nombres o listados poco importan. "Las pautas de comportamiento se van reformateando en cada época y siempre hay nuevas trampas egocéntricas que hacen prevalecer el pequeño yo que todos tenemos y alejan al ser humano de su esencia, que es espiritual, amorosa y creativa".
Tengan el nombre que tengan, lo importante para el sociólogo y docente de la Universidad Alberto Hurtado Aldo Mascareño, es el contenido sustantivo que se le da en cada época al pecado. "En la Edad Media prevalecía una moral sacra, con esa idea de inversión en el más allá. Si alguien se comportaba del modo correcto, el más allá estaba asegurado. No existía la posibilidad de ser agnóstico, porque la hoguera estaba asegurada. Pero cuando la sociedad se seculariza, ese criterio legitimatorio último se transforma y queda en manos, por ejemplo, de la justicia. (...) En esta época posmoderna o posracionalista, vale todo, tanto la razón como lo espiritual y, por lo tanto, no hay un criterio único que nos permita sentenciar cuán legítimos son cada uno de los discursos. Por ejemplo, en la ideología económica contemporánea, la codicia es un valor positivo, porque permite la producción de nuevas formas, pero en un campo político, familiar, sentimental o estético tiene una connotación negativa".
El problema es que con este pensamiento, según Mascareño, se produce una fragmentación de la sociedad, ya que al haber tantos puntos de vista sobre los valores morales es difícil coordinarse. La pregunta para el sociólogo está, entonces, en si habría que seguir forzando que la sociedad construya una imagen unitaria de sí misma o debiese esforzarse por pensar cómo construir condiciones de convivencia o coordinación social que por un lado, respete la autonomía y, por otro, las relaciones de interdependencia.
Según el sicólogo transpersonal, Claudio Pérez, los pecados capitales o las redefiniciones de éstos, son las formas enfermas que las personas tienen de resistir el estrés. En cambio, Patricia May interpreta esta actitud como una situación de la cual la mayoría de las personas no tiene conciencia clara de pecar, ya que las faltas son actitudes integradas en su siquis.
El número siete está en todos los temas clásicos. Los siete colores del arco iris, las siete notas musicales, las siete maravillas de la antigüedad. Incluso, en la nota siete con que califican los colegios. Todas las cosas completas se dan en siete. La redefinición de los siete pecados capitales, según Gonzalo Pérez, responde a la necesidad de los seres humanos de contar con palabras que no estén cargadas de un tremendismo escatológico. "Nadie quiere saber del fin del mundo ni de juicios finales", señala Pérez. Pero para los entendidos en ciencias humanas los nuevos vicios enunciados por los británicos en la encuesta de la BBC, son los mismos pecados tomísticos recubiertos con una nueva mano de pintura. \--------------------
Crueldad
Se define como la respuesta emocional de indiferencia u obtención del placer al ver sufrimiento o dolor en los otros. En ese sentido, la lujuria sería el paralelo tomístico de este nuevo concepto definido por los auditores de la BBC, pues aunque ésta esté asociada a la utilización de otro para la satisfacción de los placeres sexuales, el mero acto de "cosificar" a otro, de quitarle atribuciones humanas, lo hace muy parecido al impulso de la crueldad. "Es un valor que tiene que ver con cuestiones de derechos humanos, con asuntos de genocidio, asesinatos sistemáticos y tortura", señala el sociólogo Aldo Mascareño.
La American Psychiatric Association considera la crueldad como un disturbio patológico y se manifiesta en el daño a los animales, a los ñiños y a otras personas que están en una posición indefensa.
Adulterio
A las sociedades europeas se les ve con un prejuicio liberal, en las que las convenciones sobre el amor están más relativizadas que en las comunidades más machistas, como las latinoamericanas. Sin embargo, y según lo expresado por Mascareño, "el amor en las sociedades modernas es un espacio íntimo, donde el individuo importa. Es la persona con la que estoy comprometido o casado la que puede asegurar -dentro de lo posible- mi individualidad. O sea, cuando tengo a mi pareja ahí, todos los días y todas las noches a mi disposición y viceversa, no puedo aceptar que ésta haga con otra persona lo que yo espero que haga conmigo. Puede suceder en la política y en la economía, pero no en un plano íntimo".
El sociólogo advierte que la deslealtad de este tipo no sólo es resentida en el plano sexual (y por lo mismo, no necesariamente se relaciona con la lujuria), sino en todos los planos donde se ha depositado la confianza en el otro. Durante los años de dictadura hubo mucha gente que se separó de otra, porque supo que su pareja había sido ayudista del bando ideológico contrario". El paralelo de este pecado con el antiguo listado de Santo Tomás podría ser tanto la pereza (escapar constantemente de hacer lo que se debe) como la gula (vulnerar el principio de la saciedad del alma).
Fanatismo
A pesar de que la palabra está asociada al fanatismo, religioso, racial, político, deportivo, entre otros. el principio básico de este pecado es el ahorro de energía sicológica. En ese sentido está asociado a la pereza. Tal como dice el sicólogo Gonzalo Pérez, es la negación o la tardanza de hacerse cargo de sí mismo. "Cuesta mucho estar siempre a la altura de la familia, el trabajo, la moda, etc. Es un trabajo de toda la vida. Y el trabajólico (el fanático por el trabajo) paradójicamente peca de perezoso. El no puede dejar de trabajar, porque si lo hace se encuentra con que tiene que hacerse cargo de una serie de expectativas externas en otros planos", afirma Pérez. Para el teólogo Waldo Romo, detrás del fanatismo, hay mucha soberbia, eso de creer que las propias ideologías están por sobre otras.
Deshonestidad
Puede manifestarse perfectamente como consecuencia de la envidia. Un envidioso quiere ver privado al otro de lo que él no tiene, aunque el "premio" sea fruto de una competencia justa. De la envidia derivan actitudes como la traición, la mentira y la intriga. "Es inevitable en nuestra estructura síquica sentir envidia, el problema es convertirla en una razón de vida, en un motivo para hacer cosas. Es ahí donde se torna mounstruosa", afirma Pérez.
Quien peca de avaro o codicioso es muy fácil que caiga en actos deshonestos, ya que el apego inmoderado a las riquezas conlleva actos como el fraude, el dolo, el perjurio, el robo y la usura, todas acciones asociadas a la falta de honradez.
Hipocresía
Está definida como el acto de fingir cualidades, ideas y sentimientos que en realidad no se tienen. Su origen está en la palabra griega "hypokrisis" que equivale a la acción de desempeñar un papel. Hay una directa relación entre la hipocresía y la pereza, según indica Gonzalo Pérez: "Si yo tengo la autoestima pésima (de ahí viene la necesidad de fingir virtudes que no se tienen) me puede compensar el darme el enorme trabajo de descubrir lo valioso que soy. Pero la pereza impide que yo pueda comprobarlo".
Egoísmo
Es el amor excesivo a sí mismo, al yo, al ego. Un personaje egoísta siempre antepone sus intereses antes que los de los demás. Por eso, en este pecado hay mucho de soberbia, que es la madre de los pecados capitales. Para el soberbio, las únicas opiniones que cuentan son las propias. Suelen pensar que sus necesidades siempre son superiores a las del resto, porque son muy individualistas (o egoístas). Para Mascareño, el egoísmo es el gran problema de las sociedades modernas industrializadas: "Si yo soy muy solidario en mi empresa, ésta se va a la quiebra. Para que me vaya bien, mi negocio me exige ciertos grados de egoísmo", ejemplifica.
Codicia
Es el único pecado de los definidos por la Iglesia Católica que se mantiene intacto desde hace 800 años para el millar de ingleses encuestados. La codicia es el deseo de obtener más dinero, riqueza, bienes materiales o cualquier otra entidad que uno necesita. Para el teólogo Waldo Romo, está muy relacionada también con la gula, pues ambos tienen como denominador común la insatisfacción. "La gula se remonta en la tradición tomista de Aristóteles, porque ésta habla de la templanza: vivir con moderación los placeres del mundo".
\ Por: Loreto Aravena
domingo, mayo 14, 2006
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