Nació hace millones de años, tan rabioso y ciego que dio justo con un estado de cosas que se mantenía desde que compartíamos linaje con los chimpancés. Pero luego el desarrollo cerebral atenuó su vigor y lo camufló con un ropaje etéreo y maravilloso, hasta el punto de que muchos no reconocen su existencia y los que lo hacen lo achacan a otras causas. La mayoría se empeña en atribuirlo a la acción cerebral que, para unos, reprime el fluir espontáneo del deseo y lo estanca de manera artificiosa hasta que su presión rompe los diques y provoca esas llamativas ilusiones, y, para otros ennoblece y espiritualiza lo que sin él sería una atracción física más o menos generalizada.
Pero como acabamos de ver hay una tercera explicación. Aquel impulso agazapado dentro de nosotros aflora a la conciencia cuando llega su hora bajo la forma de un sentimiento especial, el enamoramiento: "Conocemos nuestras emociones gracias a su intromisión en nuestras mentes conscientes, sea ésta bienvenida o no." (J. LeDoux, El cerebro emocional). Que el cerebro se limita a retocar y añadirle sus habituales toques de fantasía. Y al observar a los jóvenes bajo este punto de vista, esa tesis se hace evidente. Es ese impulso el que rige nuestro comportamiento. Al llegar la pubertad los jóvenes notan la atracción difusa del otro sexo y empiezan a confraternizar y, tras unos episodios exploratorios, ese "resorte" (en términos biológicos "mecanismo innato de desencadenamiento") se dispara, provoca una tormenta bioquímica y dos de aquellos jóvenes se sienten atraídos y forman pareja. Adolf Tobeña, catedrático de Psicología y Psiquiatría, nos habla de ciertos trabajos efectuados con una variedad monogámica de topos por psiquiatras y zoólogos norteamericanos (Insel et al, 1992; Carter et al, 1993; Carter and Getz, 1993). Han demostrado que los lazos de pareja surge de manera automática tan pronto como una hembra y un macho copulan unas cuantas veces, con pausas intercaladas de juego, caricias y muestras de ternura. Y una vez fijada alcanza unos altos niveles de fidelidad. En cambio una sola cópula no consigue iniciarla.
Esos autores han podido probar que el proceso de fijación se basa en un substrato bioquímico. Al parecer el fenómeno requiere altos niveles de vasopresina en el cerebro de los machos y de oxitocina en las hembras. Si se bloquean sus efectos ya no se forman vínculos de pareja aunque tengan lugar repetidos apareamientos. Pero, en cambio, si esos neutralizantes se administran después de que se han establecido esos vínculos, ya no consiguen hacerlos desaparecer. Por el contrario la inyección de vasopresina en el cerebro de machos vírgenes bastó para fijar su preferencia por compañeras con las que habían convivido pese a que no las habían cubierto. Es decir que, salvando las distancias, esa sustancia es para esos topos un verdadero elixir de amor. Sometidos a sus efectos se pirran por la que tienen más cerca!!!... XD...
Nadie pretende extrapolar esos resultados a nuestra especie. Pero se da el caso de que cuando dos jóvenes empiezan a contemplarse con ese repentino interés que en muchos casos acabará, si Dios no lo remedia, en la vicaría, también es, según ha establecido Liebowitz, porque determinados compuestos químicos han inundado su sangre. Estaríamos a un paso de hacer realidad el tema de una película (cuyo nombre no recordamos) en la que una perversa hechicera, encaprichada de un lindo joven, prepara un brebaje que tiene la virtud de que, cuando el sujeto al que se le administra despierta, queda enamorado de la primera persona sobre la que fija sus ojos que, en sus aviesas intenciones debería de ser ella misma. Por supuesto que por conveniencias del guión, no es la bruja la destinataria de sus primeras miradas. Y el resto del filme se lo pasa intentando luchar contra aquella pasión que ella misma ha desatado. Entre nosotros la oxitocina tiene algo que ver (evitando su liberación el hombre mantiene las fases de erección y eyaculación, pero pierde el componente orgástico), pero la actividad fundamental se atribuye al sistema dopaminérgico y muy especialmente a la feniletilamina (FEA). Pero ¿quien da la orden de fabricarla y abrir las compuertas que la mantenían a buen recaudo? Cualquier variación bioquímica, requiere unos genes encargados de regularla. La aparición de una molécula lleva siempre aparejada la actividad de una porción de ellos: los que la producen, los que dan las órdenes para que los anteriores se pongan en marcha, los que regulan sus niveles y a veces otros para que todos los anteriormente mencionados cesen en su actividad. Es precisamente a esos genes cuya actividad consistiría en fabricar y liberar esa (o esas) molécula cuya presencia hará que la sexualidad quede anclada (con todas las salvedades que se quiera), en un determinado individuo, a los que, en el libro anterior, nos atrevimos a llamar (tal vez con excesiva libertad), el "gen del amor", haciéndolo responsable de que surjan esos lazos tan especiales que en adelante destacarán (por un cierto tiempo y con variaciones personales en la manera de sentir esa preferencia) a una persona sobre todas las demás. Eso explica por sí solo su misterio, autonomía, ceguera e incluso su habitual cortejo de celos.
No es extraño que los griegos lo llamasen la locura de los dioses y los romanos simplemente locura amorosa, porque si los enamorados no están locos, a veces lo parecen. Porque esa "privación del uso de razón", puede que no se dé por entero, pero sí en parte (son muchas las veces en que el cerebro es incapaz de imponerse a aquella repentina irrupción e imponer cordura). Y la humanidad se queda perpleja ante su brusca presencia, y en lugar de dirigir su curiosidad hacia dentro, ha buscado su origen en las estrellas, los dioses, el destino o la magia. Pero ya no tendrá que mirar al cielo, o creer que aquellos enamorados han perdido la cabeza. Simplemente pasan por un proceso fisiológico tan normal como cuando les cambia la voz, tienen la primera regla, les crecen los pechos, o les sale la barba. Y con esa misma naturalidad deberemos de enfrentarnos a él. Ahora ya conocemos de donde proviene su súbita, imprevista y desconcertante aparición. No del todo, porque ignoramos el cortejo de circunstancias que lo ponen en marcha, y el cúmulo de factores biográficos, cerebrales y culturales que le van a dar forma, pero si lo suficiente para saber cuando menos que es lo que nos pasa. Conocer su origen nos ayudará a borrar las excesivas diferencias que artificiosamente hemos creado entre sexualidad y enamoramiento, que en la mayoría de las épocas se han querido ver como fenómenos no sólo distintos sino hasta antagónicos. Y no hay tal. Desde el punto de vista biológico no hay nada más excelso en ninguno de los dos, excepto las connotaciones con que los quiera revestir nuestro cerebro. Los hemos opuesto de manera absoluta y radical cuando su diferencia es sólo de matiz. Y tan corporal, material, carnal e instintivo es el uno, como el otro.
Estamos lejos de aquella resonancia espiritual o mística que se nos ha querido hacer ver, pero también de cualquier desviación neurótica. Los enamorados no son santos, pero tampoco están locos. Es su convivencia con la promiscuidad lo que ha enmascarado esa verdad a nuestros ojos. En lugar de aceptar que hay algo en lo más hondo de nosotros (con una profundidad hecha de millones de años), que al llegar la pubertad nos predispone a amar, seguimos aceptando que nuestra sexualidad sólo es promiscua. Y que sólo la labor del cerebro camufla esa tendencia y nos engatusa con el espejuelo dorado de promesas maravillosas. Los deseos insatisfechos reverberan en las arenas de los corazones solitarios y sus reflejos dibujan en el éter fascinantes espejismos. Tanto más bellos cuanto mayor sea el grado de anterior soledad. Y los pobres enamorados, impresionados por la fuerza de sus emociones, se hacen cruces de cuán desgraciados debían de ser, a veces sin saberlo.
Pero si la humanidad como tal no ha aceptado esa hipótesis otra cosa es lo que atañe a algunos de sus representantes y son muchos los que la han acariciado con la punta de los dedos. No podemos dejar de copiar el resumen que de las ideas Del Amor de Stendhal hace C. Bergés en su prólogo: "Podríamos, pues, decir que, en la interpretación stendhaliana, el amor viene a ser como un germen que se llevara dentro y que en determinadas circunstancias y al contacto más o menos casual con una determinada persona, diera en desarrollarse desmesuradamente, como si esta persona fuera una especie de catalizador de la reacción amorosa." ¡No se puede decir mejor con menos palabras¡ Y algo no muy distante acaban de afirmar Lewis, Amini y Lannon. Rechazan la participación del córtex (y por ende de nuestra capacidad de abstracción, análisis y raciocinio) en la génesis de nuestras emociones amorosas, que achacan por entero a ese cerebro límbico que compartimos con los demás mamíferos.
Y tras reconocer la importancia de la dote genética en nuestro temperamento y nuestra tendencia a la vida social y al amor, pasan a destacar la importancia del día a día en la formación de esas estructuras neuronales que, a través de la memoria implícita, la resonancia límbica (capacidad para intercambiar nuestro mutuo estado interno a través de una habilidad expresiva emocional universal e innata que escapa por completo al control de la mente) y los que denominan atractores neuronales (redes que al ser activadas repetidamente tienden a hacerse hegemónicas y a las que hacen responsables de los fenómenos de trasferencia, de nuestra inercia ante las novedades, de una menor flexibilidad de los adultos para adaptarse a pautas distintas a las recibidas durante la primera infancia, y de una tendencia a hacer una lectura de cualquier hecho de acuerdo con experiencias ya vividas) van a determinar el perfil de nuestra respuesta emocional. No afirman explícitamente que de forma innata tendamos a vivir en pareja, pero puesto que todas las madres de los mamíferos ponen el mismo cariño en el cuidado de la prole, habrá que convenir que la diferencia entre las especies promiscuas y las monógamas, la nuestra incluida, no puede venir dada por ese amor materno, igual en todos los casos, sino que precisa de otro factor añadido. Y al descartar de entrada cualquier implicación del neocórtex ese factor sólo puede venir dado por la propia biología.
Es hora de echar mano a su condición innata para interpretar lo que de otra manera resulta inexplicable. Un paso que resulta deprimente. Ha tiempo que nuestro planeta dejó de estar situado en el centro geométrico del universo; más tarde hizo lo mismo nuestro sol, que pasó a ser una más entre millones de estrellas; luego fue nuestra especie la que sufrió el descrédito de su relativización; y después le tocó el turno a la vida, un accidente que es posible que no sea exclusivo de la tierra.
Quedaba el enamoramiento, ese misterio que ha agotado los adjetivos de todas las lenguas. ¡Ese sentimiento enigmático que nos traslada de improviso a paraísos de susurros y música, silencios y murmullos, fulgores y estrellas¡ ¡Esa musa que convierte a un patán en poeta, y al hombre más zafio en petimetre¡ ¡Y ahora queremos convertirlo en un fenómeno biológico auspiciado por la naturaleza¡ Pero, afortunadamente para nuestra especie, el conocimiento no va reñido con la belleza.
Despojar al amor de su misterio, divinidad y poesía para explicarlo con la razón, es más prosaico, pero no daña su encanto. Ni una aurora polar, ni un ocaso, ni un arco iris son menos hermosos porque conozcamos sus fundamentos físicos. Y nos podemos extasiar con el hechizo de una luna llena, o las sugerencias de una noche estrellada con la misma pasión que un antiguo cromañón. A lo más donde unos veían espíritus, otros ven soles amortiguados por la distancia. Pero unos y otros pueden orar a un mismo Dios creador. Además, y pese al radical antagonismo que de entrada podamos sentir contra ella, esta teoría no niega los atributos especiales de cada amor: todo lo contrario. El cerebro es un prisma interpuesto entre impulsos biológicos y comportamiento, cuyas caras se han ido tallando a lo largo de una vida. Y aunque su materia prima sea bastante parecida (millones y millones de neuronas), no lo son el número, tamaño, disposición y ángulo de sus facetas (las asociaciones que preferentemente se han creado entre ellas).
Los instintos inciden sobre él y salen dispersos en espectros de matices tan variopintos y personales como lo puedan ser nuestras huellas dactilares, porque vienen influenciados por esas cualidades que de alguna manera modelan sus perfiles y les dan forma definitiva. Nacemos programados hormonal, genética y casi fisiológicamente, para que al llegar la pubertad podamos quedar colgados de una persona (lo mismo que una madre hacia su cría o a la inversa). Pero la manera como se manifiesta ese apego va a ser muy desigual. Una diferencia que se apoya en la multiplicidad de culturas, caracteres y, si queremos, "atractores neuronales". La chispa es la misma; pero el combustible al que se aplica muy distinto: de ahí que también lo sean las hogueras a las que van a dar lugar. Así podremos seguir enorgulleciéndonos de los delicados matices y singular belleza de nuestro amor. Y estar casi seguros de que, pese a los miles de millones de seres humanos que pueblan la tierra, ninguno podrá presumir de tener otro totalmente idéntico. Hasta tiempos recientes, pocas sociedades han dejado que la elección de la pareja recayera en los contrayentes. Pero sean cuales fueren las dificultades del entorno nuestra naturaleza ha pugnado por salir a flote. Y lo ha hecho, hasta en las civilizaciones más restrictivas, dando lugar a episodios que denotan por sí solos la existencia del fuego que pretendían ignorar. ¡La chispa prende en la mecha ya preparada y el corazón estalla en una algarabía de fuegos artificiales¡ ¡Y la sociedad contempla con estupor aquella tea humana que se consume inmolada en aras a una diosa a veces despreciada o desconocida, pero siempre con fieles prestos a rendirle adoración. Pese a que nuestra conducta esté guiada por otros afanes, el espectáculo roza nuestras fibras más íntimas y las hace vibrar con extrañas resonancias. Tal vez porque en el fondo todos nos sabemos piras inflamables.
Por eso en toda época los grandes amores han devenido leyendas. Y sus protagonistas se codean sin desdoro con las mentes más egregias. Respetamos a los grandes pensadores (aajjajajjaajajja), pero sus libros se pudren en las estanterías, mientras matamos el tiempo con teleseries exaltan dramas amorosos, o las de esas revistas que se dedican casi exclusivamente al cahuin sentimental. Porque sintonizamos sorprendentemente con los protagonistas de tales emociones, que despiertan en nuestros corazones ecos apagados de turbadoras reminiscencias.
Nuestras divinidades son múltiples. Y no es casual que en las creencias más antiguas siempre hay lugar para alguna diosa del amor. La humanidad está preparada para amar. Otra cosa es que muchas sociedades no dejen expresar ese sentimiento y lo hayan relegado al mundo intangible de las catacumbas. De ahí que además de las relaciones propiciadas por ese impulso, puedan nacer otras a sus espaldas (en muchas sociedades casi todas, aunque luego algunas puedan ser reforzadas por él) que por lo general se dejan manejar mejor. Podemos guiarlas con la mente, sopesar pros y contras y proceder a una cuidadosa elección. Y el resultado varía de acuerdo con el carácter y la culturización, lo que ha permitido a muchos autores distribuirlas en una escala continua en uno de cuyos extremos estarían los amores lúdicos, eróticos y sensuales, en otro los altruistas, y en los puntos intermedios los pragmáticos y amistosos. ;)-------------------------------------------
Texto completo en: "Condenados a amar"


1 comentario:
es verdad primo estamos condenados a amar, pero nadie nos puede decir a quien amar! y esa es una maravillosa eleccion
romina
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