martes, agosto 08, 2006

Resonancia Límbica... esa es la cuestión!

No sé desde cuando me acostumbré a mirar directamente a los ojos cuando me comunico con alguien. Tampoco sé cuando se transformó en un requisito para hablarme.

Algunos se sienten agredidos, otros no pueden aguantar el embate de la mirada, otros se dejan, otros se sienten a gusto como yo.

Un día decidí buscar algo sobre la neurofisiología del amor. Ya había visto un documental en Discovery Health sobre las diferentes fases del amor, y que para cada una habían encontrado diversas hormonas y neurotransmisores elevados que explicaban el patrón de comportamiento del hombre.

De eso sólo recordaba que durante la primera fase del 'enamoramiento', la serotonina y la noradrenalina estaban igual de alteradas que en el trastorno obsesivo-compulsivo.. esa fase en la que sientes literalmente las mariposas en el estómago, estás obsesionado con todo lo que involucra a la otra persona y donde incluso afloran celos y dudas.

Recuerdo que en la 3era fase (la del amor maduro, o establecido) la oxitocina y la vasopresina eran las que dominaban químicamente. Pero yo quería leer un paper científico, algo sólido y consistente donde basarme. La búsqueda en google fué infructuosa, igualmente en el New England Journal of Medicine y cuanto site médico se me ocurrió revisar.

Pero apareció un artículo, llamado "A philosophical physiology of love" que aunque no era tan científico y ortodoxo como yo quería, sí me permitió adentrarme un poco más en el tema. No conseguí hormonas ni neurotransmisores ni circuitos neuronales, pero ahí estaba.

La resonancia límbica.

Según el artículo, los mamíferos (y otros animales 'superiores') desarrollamos la capacidad de sincronizar con la mente de otro individuo y así recibir estímulos, sin ningún tipo de acción más que usando uno sólo de los sentidos... Si los dos sistemas límbicos (la porción del cerebro aparentemente responsable de la mente emocional) se sincronizan, es probable que la conexión entre cada persona o animal sea más fuerte

La conexión para la resonancia límbica se realiza primordialmente través de la mirada.

Cuando un bebé nace, el cerebro sigue en crecimiento, pero es el sistema límbico una de las primeras estructuras que se forman y que están más desarrolladas al nacer. Su capacidad de enfocar la mirada es escasa, a tan solo unos cuantos centímetros de su nariz no puede seguir ni enfocar estímulos. Pero es la madre, el padre, quienes conectan y sincronizan primero con ese nuevo ser. Son ellos los que moldean y sincronizan a su semejanza la maquinaria emocional de su hijo. Resuenan.

Me puse a pensar: ¿yo busco y procuro mis relaciones (positivas o negativas, de amistad, amorosas, de rivalidad, etc) por la capacidad que tengo de resonar en ellas?

Parece que inconscientemente es así. Si no puedes mantener mi mirada, es probable que me desgrades. Si logro ver a través de tus ojos y no consigo (o viceversa) ese 'click', es probable que no nos llevemos bien. Si por el contrario, logras dominarme con la tuya, puede que sea yo el que se aleje.. o puede ser que me atraigas muchísimo.

Aparentemente el motivo evolutivo de esta conexión, es estrechar los lazos de amor (a los que se refiere el artículo, asumo que se puede aplicar a muchos otros campos), que a su vez representa una manera de procurar la especie, de obtener beneficio social, entre otros.

Podría a su vez explicar el fenómeno de 'amor a primera vista'?. La sincronía perfecta, el amor perfecto; o como dice la frase "If you believe in love at first sight... you never stop looking..." :D

Depende de los otros tipos de resonancia el que esa relacione perdure, pero ya eso es harina de otro costal.

-"Llevas un buen rato diciéndome 'te quiero' con los ojos, ¿no es así?"
-"Sí.. y tu llevas el mismo rato diciéndome 'yo también'".

Cómo recuperar la capacidad de amar?


Quienes han experimentado un rompimiento amoroso probablemente pueden identificarse con muchas de las partes que se mencionan en este artículo, es importante señalar que nos referimos específicamente a algo que podemos llamar parálisis psicológica, desorientación y vacío que se experimenta tras la ruptura o separación de los amantes.

No en todos los casos se experimenta la misma situación, porque la conducta humana varía mucho de una persona a otra. Generalmente en una primera crisis, se logra soportar esta situación aún siendo muy grave, la persona afectada no sabe cómo enfrentarlo. El dolor sentimental que produce esta relacionado con la intensidad del compromiso existente en la relación amorosa.

La ruptura y dolor se relaciona con lo que llamaremos cambio afectivo, este se determina por la cantidad de tiempo que uno ha pasado con la otra persona y por la profundidad del compromiso. Por ejemplo, hay parejas que han concluido o que se han visto hace poco tiempo, en estos casos el periodo para el cambio afectivo generalmente es corto.

Cuando la pareja continúa estando junta en períodos de estabilidad, alternados con crisis sentimental, el tiempo sigue y la relación sentimental pasa por un periodo de mayor profundidad en las emociones y sentimientos.

Es importante que en los periodos de rompimiento, la persona siga desarrollando sus actividades y funcionamiento normal mientras que las heridas se curan. Sabemos que no siempre es así, cuando el dolor es profundo la persona pasa por períodos largos de sentimientos confusos y vaivenes emocionales.

Consideramos que rompimiento, o los efectos del rompimiento, se vuelven mas problemáticos cuando se intenta reprimirlos o inhibirlos a través de la negación o a través de los excesos, como son las drogas, el alcohol y el sexo. El fracaso en reconocer y expresar el sufrimiento emocional puede perjudicar la salud psicológica y emocional de las personas, ya que serán afectadas sus posibilidades reales de formar nuevas relaciones amorosas en el futuro.

Se puede temer que en la siguiente relación se repita la misma historia de acontecimientos, o peor aún, se duda de que uno mismo sea capaz de amar. Hacer frente a la experiencia del dolor y comprender en lo que uno fallo puede convertir el dolor en una experiencia de crecimiento y dejar una huella de ideas de cómo afrontar nuevas relaciones amorosas.

La secuencia de un rompimiento emocional mal resuelto puede afectar algo más que la salud emocional. Cuando la vida se llena de sufrimiento por la pérdida y no se puede afrontar los sentimientos que acompañan a este sufrimiento, el cuerpo recibe la señal de que no se quiere recuperar. Las penas no resueltas, la represión y la desesperación debilitan el sistema inmunológico, acarreando padecimientos en el organismo y dejando espacio a las enfermedades.

Así que el dolor de la separación, aunque difícil, es necesario vivirlo, se debe recuperar al igual que otras heridas la capacidad de sanación de las emociones.

Después de sufrir una pérdida amorosa o sentimental el querer vivir desconectado de las emociones puede ser el peor error, experimentarlo significa estar en contacto con una realidad dolorosa que debe superarse.

Tampoco se trata de quedarse instalado en el dolor eterno y sufrimiento por la pérdida.

Existen una amplia cantidad de síntomas que se experimenta por el dolor sentimental. Se puede abusar de la comida o del alcohol, así como de las pastillas para distintos dolores, para dormir, tranquilizantes, antidepresivos, y pareciera que se está buscando una medicina para liberar el dolor, lo lamentable es que no existen, para cerrar las heridas del amor se debe pasar por un proceso, en otras palabras es el trabajo que debemos hacer para restablecer nuestra capacidad de amar.

Se pueden producir un número importante de trastornos como son, perder el apetito, dejar de dormir o de descansar, la pérdida de peso, se sube de peso, se pierde el cabello, se quiebran las uñas, se padece gastritis, se producen diarreas, etc.. Lo más difícil son los lapsos en que se pierde la memoria o que nos damos cuenta que sólo usamos nuestra capacidad racional para recordar el dolor y a la persona relacionada con el mismo.

Tal vez se llegue a sentir como si tuviera poca o ninguna energía. La mayor parte de las personas tratan de sumergirse en la rutina diaria. Somos incapaces de recordar o ver lo bueno que tienen la vida o la gente que lo rodea. Los pensamientos quedan limitados a la persona que hemos perdido y al dolor que esto nos produce.

Muchas personas si aíslan, se recluyen y dejan de tener contacto por el temor a ser lastimados, o a no poder volver a encontrar alguien que valore lo que sentimos.

Cuando se entra en el dolor emocional, es posible que nuestra vida parezca sin control. Todo lo que nos rodea se encuentra lleno de un profundo vacío que se siente en el interior de nuestro ser.

Existen una serie de tapas que se cubren en el proceso de la pérdida:

1. La pena y el dolor.

2. Sentirse culpable.

3. Enojarse.

4. Adaptarse a una nueva situación emocional.

5. Resolver el conflicto.

6. Encontrar el nuevo amor.

Es importante que sepamos que el dolor no siempre permanecerá en nuestra vida, es algo que se transformara al pasar el tiempo. En el momento de la pérdida los amigos, la familia, el trabajo, son los mejores aliados. Es importante que si el dolor supera tus fuerzas busques la ayuda de un especialista, el dolor es una etapa que puedes superar.

Autor: Dr.José Jaime Martínez.

Para amar se necesita creer?


Entre el creer y el amar hay una relación tan estrecha, tan íntima, que nos resulta difícil responder a la pregunta: ¿uno ama porque cree, o uno cree porque ama?

En efecto: creer, fiarse, dar la propia confianza a otra persona es posible solamente si uno ama, si uno descubre la bondad y el bien que el otro encierra. Un hijo se fía ciegamente de su madre porque la ama (y porque se siente profundamente amada por ella). Un esposo confía sin condiciones la economía familiar a su esposa sólo si está profundamente enamorada de ella, hasta el punto de dejar en sus manos los secretos más profundos de su corazón... y de su cartera.

A la vez, amamos a los demás cuando somos capaces de renunciar a pedir pruebas y nos fiamos, nos abandonamos a la fe. El esposo o la esposa aman sin tener una total certeza de lo que vaya a ser la vida matrimonial. Un matrimonio que sea simplemente un contrato para estar juntos mientras todo ocurra según lo que a cada uno le parezca bien es la negación más completa del amor. Un hijo que antes de tomar la sopa que le ha preparado su madre (o su padre, pues los maridos cada día aprenden a cocinar mejor...) hace un análisis clínico para comprobar que no tenga veneno no es sólo la señal de que le falta fe en sus padres, sino también, con toda seguridad, de que en esa familia no hay verdadero amor.

Hay algunos que dicen que el mundo actual vive una profunda crisis de fe, que casi no es posible creer en el siglo XXI. Si esto fuese verdad, habría que afirmar también que el mundo vive una crisis de amor, pues sin fe es imposible amar. Cuando no podemos fiarnos del otro tampoco podemos llegar a vivir, en profundidad, lo que significa amar. Porque amar, como creer, es darle al otro o a la otra, al padre o al hijo, nuestro afecto por encima de las pruebas empíricas que podamos tener para estar “químicamente seguros” de la bondad y de la honradez del otro.

Vivir buscando siempre, en todos los asuntos y aventuras de la vida, pruebas absolutas de que nadie nos engaña es encerrarse en uno mismo hasta los límites de la locura. Un mínimo de salud mental nos pide vivir, un poco o un mucho, agarrados de la fe la mayor parte de nuestros actos, desde que nos saluda el portero de casa hasta el momento en el que tomamos una pastilla que hemos comprado en la farmacia. Incluso para los que han sufrido la amargura del engaño y la traición, descubrir que los engañadores son pocos o, al menos, no son todos, es poder abrir de nuevo el corazón para empezar a amar. Con todos los riesgos, pero con todas las ventajas que el amor lleva consigo. Es mejor equivocarse porque uno se fía “de más” que equivocarse porque uno “acierta” siempre al no fiarse de nadie... pero falla en lo más importante: en el ser capaz de amar.

Creer es fácil porque estamos hechos para amar. Amar es posible porque otros se han fiado de nosotros y vivimos gracias a aquellos de los que nos hemos fiado. Así de sencilla es la ley de la vida humana. Así de fácil es el camino de la felicidad para el milenio que inicia.

Autor: P. Fernando Pascual